El dia que no pude despertar a tiempo
Hace algún tiempo, atravesé un episodio que cambió mi manera de entender los límites del cuerpo y la mente. Aquella mañana me desperté mucho más tarde de lo habitual, después de haber conciliado un sueño inusualmente largo. Ni el timbre del celular, ni el estruendo del despertador, ni las llamadas de Recursos Humanos consiguieron romper el silencio de mi letargo. Solo cuando Lucian, mi Alaskan Malamute, saltó con todas sus patas sobre mi pecho, sentí un estremecimiento. Abrí los ojos y lo primero que percibí fue su hocico húmedo, luego el palpitar acelerado de mi propio corazón, como si hubiese corrido una maratón durante la noche.
La confusión me invadió. No recordaba cuándo me había dormido ni cómo había llegado a ese punto. Varios Flash mentales con fragmentos de mi noche anterior llegaron: la última notificación en la pantalla del celular, la cena, sacar a Lucian al parque, los pendientes que tenia y recorde que HOY TRABAJABA PRESENCIAL. Me incorporé de un salto y, con la adrenalina al máximo, me abalancé sobre la mesa de noche para alcanzar todas las alarmas que seguían sonando. El mundo fuera de la puerta estaba ya encendido: el reloj marcaba casi las 10:40 a. m., dos horas y cuarenta minutos después de la hora en que debía estar entrando a la oficina.
Podría parecer exagerado describirlo así, pero sentí un terror visceral: el pánico de haber defraudado al equipo, la angustia de imaginar sanciones silenciosas o reproches encubiertos. Salté de la cama con la ropa del dia anterior aun puesta, ME duche y vesti en 5minutos; corrí por el apartamento, cogí las llaves del carro y salí con el motor a toda marcha. Recuerdo el bramido del motor contra el ruido de las bocinas en la avenida, mis manos sudorosas aferradas al volante, mi mente atrapada en mil escenarios de confrontación: “¿Cómo les explico?”, “Seguro piensan que soy un irresponsable”, “Voy a llegar y nadie creerá que no fue negligencia”.
El tránsito de Bogotá, con su bullicio habitual, se transformó en una prueba de resistencia. Normalmente manejo tranquilo y doy la via a la mayoria de personas, ese dia estaba poseido por el espiritu de un taxista y Aceleré más de lo normal, no cedi via, cambie de carril tanto comolos milimetros de espacio me permitian. Al frenar en seco frente al edificio para ingresar al parqueadero, sentí mareo, vértigo y la sensación de que el piso temblaba bajo mis pies. Baje del carro tambaleándome, mi camisa arrugada y mis zapatillas apenas con cordones atados, sin aliento para sonreír. Ni el café tuvo tiempo de recorrer mi garganta: el sabor amargo de la humillación superó cualquier estímulo.
Aquel día no fue solo una falta de puntualidad, sino el estallido de un proceso acumulado de estrés y presión. En el fondo, lo que me revolvía por dentro no era el miedo a la sanción, sino la culpa estruendosa de haber descuidado mi propio bienestar. Sentía, en cada fibra de mi cuerpo, la vocecita interna que me repetía: “Eres un desastre”, “No mereces tu puesto”, “Estás fallando como profesional y como persona”.
Productividad, identidad y agotamiento
He descubierto, al repasar mi trayectoria, que gran parte de mi identidad se sustentaba en la productividad. Desde mis primeros días como tester manual, en los que me pasaba tardes enteras afinando casos de prueba, hasta mis jornadas maratónicas de automatización con Playwright y JavaScript, siempre encontré satisfacción en tachar tareas. Cada nueva historia de usuario representaba un desafío a plena productividad, una oportunidad de demostrarme a mí mismo —y a quienes me rodeaban— que valgo por lo que hago.
Sin embargo, esa búsqueda incesante de eficiencia también creó un patrón de autoexigencia desbordada. Durante mis ratos libres, no había descanso: diseñaba mini proyectos, planificaba mejoras al blog de ParaIngenieros.org, escribía borradores de artículos, buscaba mejores proveedores para mi tienda en linea, y aceptaba cada retoaunque no fuesemio inicialmente lo pedia. Cada hora de ocio la destinaba a “invertir en mi desarrollo”, mi perfil de youtube muestra masvideos de productividad, desarrollo de software, ideas de negocio, finanzas, comercio que de cualquier tipo de entretenimiento «normal», convencido de que el descanso era un lujo que solo podían permitirse los desmotivados o los mediocres.
Con el tiempo, ese impulso por producir dejó de ser un motor para convertirse en una carga. Mi mente ya no disfrutaba el placer creativo, sino que lo percibía como una obligación constante. El simple hecho de desconectarme se sentía como fallar. Esa dinámica, lejos de brindarme reconocimiento y gratificación, me empujó a estados de cansancio extremo: noches de insomnio, dolores de cabeza persistentes, tensión muscular en la espalda y algún que otro episodio de pánico leve cuando mis proyectos se quedaban sin avanzar.
Revisando mis notas de terapia —hablaremos luego de cómo retomé ese proceso— entendí que asociar mi valor personal a logros externos me expone a un desgaste sistémico. Cada tarea incompleta, cada bug no resuelto o cada refractorización postergada alimentaba un sentimiento de insuficiencia. Así, lo que inició como una virtud de alta productividad se convirtió en el germen de un agotamiento constante, invisible para otros, pero devastador en mi interior.
El insomnio no se cura con voluntad
Mi lucha contra el insomnio duró años. Quienes no lo han experimentado piensan que basta con “querer dormir” o con “relajarse un poco”. Pero para mí, la mente no descansaba: cada vez que cerraba los ojos, se desencadenaba una cascada de pensamientos sobre proyectos pendientes, errores que debía corregir, posibles mejoras en scripts de automatización y la próxima serie de pruebas de carga en JMeter.
Probé casi todo lo que se recomienda en guías de higiene del sueño: rutinas constantes, ambientación con luz cálida, ejercicios de respiración antes de acostarme y horarios estrictos. Incluso integré infusiones de valeriana y melatonina natural, y seguí consejos de expertos en psicología sobre cómo detener los pensamientos intrusivos. Pero mi mente se rebelaba: cada técnica parecía solo posponer el inevitable despertar nocturno, y a la mañana siguiente volvía a la oficina sin haber dormido.
Cuando la medicación llegó a mi vida fue como descubrir un arma de doble filo. Con la dosis adecuada, lograba dormir. Podía conciliar entre 5 y 7 horas de sueño continuo. Pero en ocasiones, sobre todo cuando el estrés disminuía —por ejemplo al terminar grandes entregas—, la misma dosis producía un efecto tan profundo que me sumía en un letargo del que no podía escapar. Ahí fue cuando se dio la situación de aquella mañana fatal: el mismo medicamento que me permitía descansar, combinado con el alivio temporal del estrés, indujo un sueño tan profundo que ni las alarmas ni las notificaciones pudieron despertarme.
Ese ciclo de insomnio extremo y somnolencia prolongada no es raro en personas que han vivido burnout. El cuerpo busca compensar la falta de descanso crónico excediéndose en el otro extremo. Pero quienes lo observan desde afuera lo interpretan como descuido o irresponsabilidad. Nadie ve las noches interminables ni las horas frente al monitor sin pestañear. Solo ven la consecuencia: un profesional ausente, dormido, “apático”.
Las recaídas también son parte del proceso
Una de las lecciones más difíciles de aprendizaje en salud mental es aceptar que el camino de recuperación no es una línea recta. Puedo pasar semanas o meses con niveles de energía estables, sintiéndome capaz y motivado, y luego enfrentar un tropiezo. Las recaídas no necesariamente implican un retroceso total, sino una señal de que algo hay que reajustar.
En mi caso, solía sentirme invencible tras largos periodos de estabilidad. Pensaba que “había superado” la ansiedad y el burnout. Entonces, cualquier golpe de estrés —una nueva responsabilidad, un imprevisto técnico complejo o un cambio organizacional— me dejaba más vulnerable de lo previsto. Y cuando llegaba la recaída, venía acompañada de sentimientos de culpa: “Por qué no pude mantenerme bien”, “Qué habrá pensado mi equipo”, “Soy un fraude”.
Esos momentos de recaída suelen reforzar la autoexigencia: me imponía trabajar horas extras para “compensar” la ausencia, descuidaba mi alimentación y dejaba de lado los ejercicios físicos que tanto me ayudaban. Curiosamente, cuanto más me exigía para recuperar el tiempo perdido, más me acercaba a un nuevo colapso. El estrés se acumulaba de nuevo hasta que el cuerpo, como aquel día, decidía apagar la alarma interna y dejarme inconsciente.
Por eso aprendí que cada recaída es también una oportunidad de aprendizaje. Identificar los detonantes emocionales y contextuales, reajustar mis dosis de medicación junto al psiquiatra y reactivar mis ejercicios de resiliencia —meditación, caminatas cortas y pausas activas durante la jornada— me permitieron reducir la frecuencia de estos episodios. No eliminarlos por completo, pero sí entenderlos y atenderlos antes de que se conviertan en catástrofes totales.
La importancia de un entorno empático
Como mentor y líder QA, he visto organizaciones que minimizan la salud mental, tratándola como un tema tabú o un signo de debilidad. En mi primera experiencia profesional en banca, me enfrenté a un entorno donde la presión era absoluta: resultados a toda costa, cero tolerancia a la demora, y un discurso motivacional que disfrazaba el agotamiento como “pasión por el trabajo”. Allí, cuando viví mis primeras recaídas, obtuve respuestas frías: “No hay excusas”, “Esto es parte del juego”, “Eres joven, aguanta”.
Aquello me enseñó el coste real de la falta de empatía institucional: mi productividad cayó estrepitosamente, mi creatividad se apagó y mi autoestima quedó hecha trizas. Aprendí que un ambiente hostil no solo sanciona los retrasos, sino que genera un círculo vicioso de miedo al error, al burnout y finalmente al abandono de proyectos.
Por contraste, en otros empleos he encontrado equipos que prioriza las personas. Allí, cuando di señales de agotamiento, no hubo reproches: hubo preguntas reales, propuestas de ajustes de carga laboral y acompañamiento para retomar la terapia. Esa diferencia me permitió comprender que el verdadero capital de una organización no son sus sistemas ni sus procesos, sino el bienestar de quienes los impulsan. Un entorno sensible y comprometido multiplica el rendimiento, reduce rotaciones y construye lealtad.
Hoy, promuevo en mis equipos prácticas como “check-ins” semanales de bienestar, pausas obligatorias de hidratación y reuniones de feedback centradas en la persona más que en la tarea. Son medidas sencillas, pero que reflejan una cultura de cuidado que, a largo plazo, evita recaídas serias y mejora el clima organizacional. Las empresas que invierten en programas de salud mental —desde charlas informativas hasta convenios de terapia subsidiada— no lo hacen por caridad, sino porque consiguen equipos más creativos, colaboradores y resistentes al cambio.
La terapia no debería ser un lujo
Acceder a terapia psicológica sigue siendo un desafío en muchos países, incluido Colombia. Barreras como el costo, la falta de tiempo y la disponibilidad de profesionales especializados hacen que muchos posterguen o abandonen el proceso. Sin embargo, la evidencia muestra que la terapia es uno de los tratamientos más efectivos para la ansiedad y el burnout, combinada con un plan de medicación supervisado.
Existen recursos gratuitos o de bajo costo: en ParaIngenieros.org encontrarás una guía para acceder a terapia psicológica en Colombia, así como contactos de instituciones públicas y ONG que ofrecen apoyo. Algunas universidades también abren sus consultorios a la comunidad. Además, plataformas de telepsicología permiten citas por videollamada, facilitando la logística y reduciendo tiempos de desplazamiento.
En mi propia experiencia, retomar la terapia ha significado reconstruir herramientas emocionales: aprender a identificar emociones antes de que exploten, practicar la compasión conmigo mismo y establecer límites sanos en mi jornada laboral. El trabajo junto al psicólogo me sigue enseñando que no basta con “aguantar” o “resistir”: es necesario cultivar el autocuidado, la autoconciencia y la resiliencia.
Concluiré con una invitación: si estás leyendo esto y te reconoces en alguna parte de mi historia, no esperes a una recaída severa para buscar ayuda. Aprovecha los recursos disponibles, conversa con tus colegas sobre bienestar y presiona a tus líderes para que implementen políticas de salud mental. Recordemos que un profesional descansado y emocionalmente equilibrado es el mejor garante de calidad, innovación y resultados sostenibles.
Enlaces adicionales recomendados:
La salud mental en el trabajo – OMS
Desgaste laboral: cómo detectarlo y tomar medidas – Mayo Clinic
Cómo tener terapia psicológica gratis en Colombia – El Tiempo
