Entender cómo el dinero cambia de “talla” con el paso de los años no es un ejercicio académico: es la diferencia entre proyectar un negocio sólido o salir del mercado cuando los costos se disparan. La crisis de 2008 lo demostró: constructoras españolas que habían cotizado obras en un millón de euros vieron crecer sus gastos un 30 % en apenas dos años, estrangulando márgenes y forzando despidos mientras la inflación escalaba y los bancos encarecían el crédito. Esa misma tensión—precios que suben más rápido de lo que nuestra mente alcanza a procesar—es la que vive cualquier hogar cuando compara la leche de ayer con la de hoy.
La leche que costaba un peso y la ilusión de los 1 000 pesos
Mi madre recuerda que, cuando era niña, el litro de leche valía un peso. Alguna tarde preguntó a mi abuela cuándo llegaría a costar mil. “Para ese entonces ya no existirán ni mis nietos”, respondió con completa seguridad. La realidad fue más veloz: en 1995 Bogotá pagaba ya 510 COP por la bolsa de un litro —según El Tiempo—, y al filo de los años 2000 la barrera de los 1 000 COP estaba rota. Hoy, el mismo producto ronda los 5 001 COP de media —con techos de casi 9 800 COP en algunas plazas según Portafolio. Cinco décadas bastaron para multiplicar el precio miles de veces y desmentir a mi abuela.
Guardar para después: el caso de los guayos Adidas
Diez años tenía cuando mi padre me regaló unos guayos Adidas “para las finales”. Los usé cuatro partidos y los guardé esperando el momento perfecto. En la quinta final, el zapato se quedó medio camino: mi pie había crecido. El par, impecable, terminó en otro armario. Ese es el destino del dinero que reposa en cuentas sin rendimiento: la inflación —7,67 % solo en 2008 según el Banco de la República— le va quitando talla hasta que, cuando se quiere usar, ya no alcanza. Para evitarlo, conviene establecer un historial crediticio y poner a trabajar el dinero con un propósito definido.
Por qué un peso hoy vale más que un peso mañana
El Valor del Dinero en el Tiempo (VDT) se apoya en una premisa sencilla: el efectivo actual puede invertirse y generar retorno; el futuro, no. Definiciones académicas lo explican con fórmulas de descuento en Investopedia, pero basta un ejemplo doméstico: quien congeló su salario en una cuenta 0 % entre 2020 y 2025 perdió más de un 20 % de poder adquisitivo solo por efecto de la inflación acumulada.
Inflación, tasas y costo real del crédito
Cuando la inflación sube, los bancos elevan tasas para proteger su margen y frenar la demanda. De ahí que un hipotecario al 3,5 % parezca barato si el IPC está en 2 %, pero se vuelva caro si el IPC escala al 6 %. Cada punto porcentual adicional de inflación incrementa hasta un 15 % el costo total de un crédito a veinte años. Para comparar opciones en términos reales conviene traer cualquier flujo futuro a valor presente con una tasa que combine rendimiento exigido e inflación esperada.
El sesgo optimista de las proyecciones a 30 años
Muchos asesores financieros prometen que, con la “disciplina adecuada”, tu portafolio “podrá superar el millón de dólares” en tres décadas. Puede ser cierto en valores nominales, pero rara vez descuentan esos futuros dólares a valor presente. Con una inflación conservadora de 3 % anual, ese millón equivaldría a 410 000 USD de hoy. Cuando se omite esa conversión, la abundancia proyectada se torna espejismo. Antes de invertir “a ciegas”, revisa escenarios optimista, base y pesimista basados en datos históricos.
Cómo decidir con la cabeza fría
Conviene partir siempre de datos históricos verificados y proyectar al menos tres escenarios: optimista, base y pesimista. Luego, traer cualquier flujo futuro a valor presente con una tasa que combine rendimiento exigido e inflación esperada. Para créditos, añade la tasa real (interés menos inflación) y sabrás si tu “oferta imperdible” se volvió tóxica. Y, como aprendí con los guayos, asigna siempre un propósito al ahorro: si un billete no tiene misión, la erosión monetaria se lo devora. Más sobre propósito frente a metas.
El dinero cambia de talla — úsalo antes de que te apriete
La leche que saltó de un peso a cinco mil y los zapatos que nunca estrené resumen la lección: subestimar la inflación empobrece; sobreestimarla sin propósito también. El profesional que calcule proyectos, créditos o portafolios sin descontar precios futuros bailará al ritmo de un tambor que no oye. Trae todo a valor real, actualiza supuestos con regularidad y pon a trabajar tu dinero antes de que, como esos guayos, se quede pequeño en el armario.
